El proceso nos ha enseñado, por ejemplo, que la corrupción no es solamente un fenómeno de carácter ético personal, sino la modalidad de funcionamiento institucional de un Estado Oligárquico, que ni siquiera se ajusta a las características formales de un Estado Nacional: territorio, nación, cultura, identidad, poder, institucionalidad. En esta trampa cae la mayoría de las “soluciones” propuestas para erradicar la corrupción.