Por Juan Carlos Decoud*
En Paraguay, lo nuevo no siempre es nuevo: a veces es la misma lógica extractiva operando con otro nombre. Algo muy inquietante se percibe en la reiteración de lo mismo bajo nuevas formas. Cambian las tecnologías, se sofistican los lenguajes, se invoca la “transición energética”, pero el fondo sigue igual: la expansión de una racionalidad extractiva que no reconoce límites, ni ecológicos ni sociales.
La empresa Bitfarms, operadora de una granja de criptominería en Villarrica, ha sido denunciada por la contaminación sonora que desde hace años afecta a vecinos del barrio Santa Lucía. La reiterada postergación del juicio en esta causa no es un hecho aislado; es, más bien, la actualización de patrones de dilación ya conocidos en territorios como Paso Yobái en el contexto de la minería de oro.
Lo que es mercurio y cianuro en los arroyos, en otro contexto es energía hidroeléctrica convertida en insumo para máquinas que procesan criptomonedas. La forma cambia; la lógica, no.
La ilusión de lo “limpio”
En el discurso contemporáneo, la criptominería suele presentarse como una actividad compatible con la transición energética. Paraguay, con su matriz hidroeléctrica, parecería ofrecer el escenario ideal: energía “limpia”, abundante, renovable. Sin embargo, esa limpieza se desvirtúa cuando el uso intensivo y concentrado reproduce patrones de sobreexplotación.
El problema es mucho más político que técnico: ¿para quién y para qué se utiliza esa energía?
La sobrecarga de infraestructuras, las denuncias por conexiones irregulares y el impacto territorial de esas operaciones revelan que la transición energética se convierte, paradójicamente, en una nueva fase del extractivismo. En este caso, no se extrae oro de la tierra, pero se extrae valor del sistema eléctrico nacional.
Y en ambos casos —Paso Yobái y Villarrica— el territorio paga el costo.
No regresión, pero…
El Derecho Ambiental contemporáneo ha incorporado principios como la no regresión y la progresividad en la protección ambiental. En teoría, esto implica que los estándares no pueden retroceder y que deben fortalecerse con el tiempo.
Pero la práctica muestra otra cosa.
Cuando aparecen oportunidades de acumulación, estos principios se relativizan. El modelo parece decir: “Protegé el ambiente… siempre que no interfiera con la rentabilidad”.
Es la vieja tensión entre norma y economía, entre derecho y mercado, que en Paraguay adquiere una forma particularmente cruda. Las “chicanas” que frenan reiteradamente el juicio no son meros incidentes procesales: son mecanismos de producción de impunidad, como ya ha sido señalado por organismos internacionales (Comité de Derechos Humanos de las Naciones Unidas en el caso Norma Portillo vs. Paraguay).
Cuando los defensores ambientales logran visibilidad por una capacidad relativa de incidencia: postergación del juicio, como en Villarrica. Cuando los defensores ambientales evidencian mayor vulnerabilidad, directamente, criminalización, como en Paso Yobái.
La reiteración de estas fallas dejó de ser casual hace mucho para convertirse cada vez más en estructural.
De Mumford a Villarrica: tecnología y acumulación
El problema, como señalaba Lewis Mumford, no es la tecnología en sí, sino su subordinación al imperativo de ganancia. En esa línea, en Técnica y civilización, advertía que el desarrollo tecnológico, cuando es capturado por el incentivo del provecho comercial, deja de servir al bienestar humano y pasa a alimentar la acumulación privada.
Esa advertencia resuena hoy con una claridad que inquieta. La criptominería es, en esencia, una tecnología de alto consumo energético orientada a la generación de valor financiero abstracto. No produce bienes tangibles en el territorio donde se instala, pero consume recursos reales: energía, infraestructura, territorio.
En Paso Yobái, la minería de oro devastó paisajes y comunidades en nombre del progreso. En Villarrica, la criptominería tensiona el sistema eléctrico y genera conflictos sociales en nombre de la innovación.
Dos momentos de una misma historia.
El tiempo como campo de disputa
Pero hay algo más profundo aún. Algo que conecta estas prácticas con una transformación más amplia de la vida contemporánea.
Siguiendo a Mumford, el reloj —más que la máquina a vapor— fue el verdadero dispositivo fundacional de la modernidad: permitió cuantificar, disciplinar y explotar el tiempo. Hoy, esa lógica se radicaliza.
La famosa frase atribuida a Reed Hastings —y efectivamente documentada en entrevistas y análisis del sector— lo expresa sin rodeos: “Nuestro mayor competidor es el sueño”.
La idea es brutal en su sinceridad: el tiempo no productivo, no consumido, no monetizado —el sueño— es el último límite en esta racionalidad. Sí, ese mismo sueño violentado que denuncian los vecinos de las granjas de criptominería.
Jonathan Crary lo llamó “capitalismo 24/7”: un sistema que busca eliminar toda interrupción, toda pausa, toda opacidad. Dormir, descansar, desconectarse… se convierten en formas de resistencia.
De Netflix a las criptominerías
¿Qué tiene que ver esto con Bitfarms?
Mucho más de lo que parece.
La criptominería es, en cierto sentido, la materialización energética de esa lógica de funcionamiento continuo (24/7). Máquinas que no duermen, que operan sin pausa, que transforman electricidad en valor financiero de manera continua. Un sistema que no tolera la interrupción.
Si en el mundo del consumo el enemigo es el sueño, en el mundo de la producción energética el enemigo es el límite.
Y así, la misma racionalidad que busca capturar nuestras horas de descanso es la que presiona sobre los sistemas energéticos y los territorios.
Cuando el sueño también se vuelve relativo
En este contexto, la frase es mucho más diagnóstica que retórica. Todo se relativiza: el sueño, el derecho a un ambiente sano, la capacidad del Estado para regular, la justicia, el tiempo de la vida.
Y, como advertía Mumford, cuando la tecnología se subordina completamente a la acumulación, deja de ser un instrumento de emancipación y se convierte en un mecanismo de dominación, en síntesis, de violencia.
Paraguay: un laboratorio frecuente
Paraguay se posiciona, entonces, como un laboratorio de estas tensiones.
Por un lado, un país con enorme potencial energético y normativo. Por otro, un sistema institucional que, como muestran los pronunciamientos internacionales y la propia dinámica judicial interna, no logra responder con eficacia a los desafíos.
La historia se repite, pero con mayor intensidad.
De Paso Yobái a Villarrica, del oro al algoritmo, del mercurio y el cianuro a los megavatios, lo que está en juego no es solo el ambiente, sino el sentido mismo del desarrollo.
Pregunta pendiente, respuesta tardía
Si el capitalismo compite contra el sueño, si la tecnología amplifica esa competencia; la pregunta deja de ser solo ambiental o económica y pasa a ser civilizatoria.
¿Hasta dónde estamos dispuestos a ceder —territorio, energía, tiempo, incluso el descanso— en nombre de un progreso que no termina de llegar?
La respuesta, por ahora, sigue siendo postergada. Como el juicio. Como tantas otras cosas en Paraguay.
*Doctor en Derecho Público, investigador en gobernanza ambiental y docente universitario. Trayectoria que combina el análisis jurídico con la comunicación social: ex periodista en ABC Color y ADN, con publicaciones sobre problemáticas ambientales y políticas.
Distinguido con el Premio Nacional de Comunicación en Biodiversidad de la Asociación Guyrá Paraguay y con premios en concursos literarios. Con producción académica y ensayística centrada en la relación entre derecho, territorio y esfera pública en América Latina.

