
Por Valeria Vázquez Cubilla
On and on the rain will fall
Like tears from a star, like tears from a star
On and on the rain will say
How fragile we are, how fragile we are
(Fragile, Sting)
Distancia de rescate es la novela breve (nouvelle) de la premiada escritora argentina Samanta Schweblin, publicada en 2014. Mientras la sostenía en un avión de regreso a Asunción, me atrapó la tapa de la editorial Random House. Sobre un fondo marrón, se destacan en letras blancas el nombre de la autora y el título de la novela, junto a una foto que sugiere la cabeza de un caballo acostado. El equino mira directamente al espectador con un solo ojo. Contemplarlo me produjo algo así como un estupor silencioso. ¿Anticiparía esto la novela? Al leer el comentario de la contratapa, mi interés creció: “Una lectura inquietante, de una sola tarde, que te perseguirá durante semanas”. Cuando constaté en Asunción que había dejado el libro olvidado en el avión, tuve la necesidad imperiosa de volver a comprármelo. Valió la pena. Mis reflexiones en esta nota se refieren a su lectura, cuyos ecos silenciosos aún me persiguen.
La novela está construida casi por completo como un diálogo continuo entre Amanda, una mujer que agoniza en una sala de urgencias, y David, un niño de nueve años. Amanda llegó a ese estado después de intoxicarse junto con su hija Nina durante unas vacaciones en el campo argentino: ambas quedan atrapadas en el mismo veneno, pero la madre se aferra a la idea de poder todavía rescatar a su hija. La sustancia nunca es nombrada de forma directa, aunque el lector puede asociarla con el glifosato. David, por su parte, casi había muerto años antes por la misma causa, en el mismo lugar. A través del relato de Carla, la madre de David, Amanda conoce el episodio del niño y la salida a la que recurrieron: llevarlo a la llamada “casa verde”, donde una curandera realizó una “migración”, es decir, el traslado del alma de David a otro cuerpo.
Desde la camilla, Amanda reconstruye los hechos cada vez con mayor dificultad, mientras David la conduce de manera insistente a revisar lo ocurrido: primero la lleva al origen de la intoxicación, luego a las marcas visibles en los niños enfermos y, finalmente, parece empujarla hacia el desenlace fatal. A medida que la narración avanza, David se desvanece como voz y Amanda queda sola. Ya muerta, la conciencia narradora enfrenta una verdad revelada de manera elíptica: el alma de Nina ha pasado al cuerpo de David, con quien ella venía hablando desde el inicio.
La genialidad perturbadora de la nouvelle de Schweblin puede, para mí, resumirse en estas preguntas: ¿cómo hablar del desastre ecológico que nos rodea sin hacer un panfleto sobre los agrotóxicos? ¿Cómo hablar de la maternidad y de la culpa asociada al cuidado sin caer en lugares comunes? ¿Qué significa la distancia de rescate?

Una de las claves está en el dispositivo de voces, es decir, en la forma del relato. Este se sostiene en el diálogo referido entre Amanda y el niño que le habla, que a veces parece David, a veces una conciencia desplazada, a veces una voz interior que ordena la historia. Críticos como José Fernando Salva han subrayado que la novela expone “la invisibilidad e intimidad del desastre” en un registro muy cercano a la oralidad: lo que leemos suena como alguien que cuenta, recuerda y corrige, más que como una narración lineal tradicional. El diálogo es polifónico y politemporal porque deja abiertas las preguntas sobre quién habla realmente, desde dónde habla, a quién le habla y cuál es el tiempo referido.
La materialidad del texto refuerza este juego de voces. No hay rayas de diálogo y las marcas tipográficas (cursivas, cambios de ritmo, bloques de discurso) organizan un fluir en el que pasado —los distintos pasados— y presente se mezclan sin transiciones explicativas. Cuando el muchacho que guía a Amanda aparece en cursiva o en un registro ligeramente distinto, su voz no está claramente separada de la conciencia de ella: puede ser un niño con un “alma migrante”, alguien que ya atravesó el envenenamiento, pero también puede ser la forma que encuentra la propia Amanda para obligarse a mirar. Esa ambigüedad no se resuelve; se mantiene como una pregunta sobre la naturaleza de la voz que narra. Así, el texto fabrica la tensión no solo con la trama (el contenido, el qué de la historia), sino con la manera en que narrativamente juega con la forma, como una suerte de rebelión contra los lugares comunes, contra los destellos de cliché, contra las narrativas convencionales. Tal vez esto provoque irritación en quien lee. Me he topado con muchas opiniones de este tipo: “imposible leerla”, “un horror”, “no se entiende”. ¿Es este el efecto deseado? ¿Obligar al lector a salirse de su zona de confort? ¿Una dosis de (neo)realismo para lectores con la atención más dispersa que nunca, erosionada por el exceso de redes y de (des)información?
De hecho, un hilo conductor en la novela es precisamente (con)centrarse. David obliga a Amanda a detenerse en cada detalle, a reconstruir escenas aparentemente menores: una botella, un caballo enfermo, un gesto de desconfianza, una conversación a la sombra de un árbol; cada mínimo indicio puede ser la señal que no vio a tiempo para proteger a Nina. El texto sugiere que la única defensa posible frente a un sistema que nos envenena es la atención extrema, la capacidad de observar el entorno con desconfianza y cuidado. Y desde acá la maternidad duele: una madre que navega entre pasado y presente, entre la culpa personal y el desastre ecológico, tratando de medir una distancia de rescate para su hija que siempre parece insuficiente.
Y aun así, el texto no responde de forma clara ni unívoca a la pregunta que puede ser planteada con su propio título. ¿Cuál es la distancia de rescate? ¿Cuál la distancia de cuidado y de protección segura hacia un hijo, una hija, un amor, e incluso hacia la tierra en que vivimos? Tal vez no haya fórmula ni cifra posible: el desastre y el horror de la pérdida no se corrigen; se recuerdan, se sufren y se narran. La distancia de rescate se mide en la tensión —como de un hilo que se estira, en palabras de Amanda— entre el cuidado posible y la responsabilidad compartida, entre la atención materna y la estructura económica a la que podríamos llamar “eco-distópica”, inspirándonos en Valeria Correa, y que nos envenena el cuerpo.
Al final del día —y quizá no por azar cercano al día en que celebramos la maternidad—, vuelve la certeza de una fragilidad existencial: nuestros hijos son la parte más vulnerable y más exigente de nuestras vidas (como me lo señaló acertadamente mi amiga Carla) y ningún cálculo garantiza su salvación. La distancia de rescate es, entonces, la pregunta que la novela nos deja escuchar como el eco de un silencio que persiste, más allá de nosotros mismos.
Literatura primaria
Schweblin, Samanta. Distancia de rescate. Barcelona, Random House / Seix Barral, 2014
Literatura secundaria
Correa Fiz, Valeria. “Distancia de rescate: una eco‑distopía en tiempo presente”. Cuadernos Hispanoamericanos, n.º 864, 2022.
Salva, José Fernando. “Distancia de rescate de Samanta Schweblin: invisibilidad e intimidad del desastre en la Argentina agroindustrial”. Revista Iberoamericana, vol. 87, n.º 274, 2021.

