Habermas en Paraguay: notas ante la refeudalización milenial

En ocasión de sus 90 años, Jürgen Habermas dio una charla en la Goethe University Frankfurt. El mismo fallecció el 14 de marzo de este año.

Por Juan Carlos Decoud*

Mi primera lectura de Habermas fue a través de Historia y crítica de la opinión pública (1962). Como estudiante de Comunicación Social en los noventa, la entrada podría haber sido Teoría de la acción comunicativa (1981). Sin embargo, tal vez esa aproximación primigenia fue la que generó una adhesión especial —casi una intuición persistente— al concepto de refeudalización del espacio público: esa lenta mutación por la cual la publicidad crítica, fundada en la razón, cede ante la representación ostentosa del poder y la fabricación de consensos.

Habermas escribió que la esfera pública burguesa se constituía como “esfera de personas privadas que se reúnen como público” para discutir asuntos de interés común. Pero también advirtió su degradación: la publicidad (Öffentlichkeit o esfera pública) deja de ser crítica para volverse exhibición, escenificación, performance del poder. Donde antes había deliberación, aparece la administración de la opinión. Donde había ciudadanía, emerge el consumidor.

En Paraguay, tal vez con anclas en lo telúrico, ese tránsito es, no tanto teoría, sino paisaje.

La política se construye mediante signos, discursos, identidades y realidades que oscilan entre lo racional y lo pulsional, entre lo institucional y lo profundamente familiar. Esa oscilación, sin embargo, cada vez más, se inclina peligrosamente hacia una lógica de apropiación privada de lo público. No como anomalía, sino como forma dominante.

La refeudalización ya no necesita castillos. Le bastan oficinas públicas y despachos judiciales.

Representación del poder —en términos casi teatrales—, uso intensivo de la imagen, colonización de la opinión por intereses privados y una ciudadanía reducida a audiencia: esos eran, para Habermas, los síntomas de la transformación. Hoy podríamos agregar otros, más cercanos, más concretos, más incómodos: la colonización digital de la esfera pública mediante granjas de bots que simulan consensos; la captura ambiental por redes empresariales que convierten territorios en enclaves extractivos sin deliberación; la privatización del lenguaje jurídico, convertido en herramienta de blindaje y no de justicia; la financiarización de la política, donde la decisión pública se indexa al retorno de inversión; y la banalización de la deliberación en formatos instantáneos, donde el argumento pierde frente al algoritmo.

Refeudalización milenial: el feudo ahora es plataforma, y el señor feudal administra datos.

Habermas advertía que “la publicidad se transforma en una instancia de manipulación de la opinión pública”. Lo que en su tiempo era prensa y relaciones públicas, hoy es big data, segmentación algorítmica y microtargeting emocional. Pero el fondo no cambia: la racionalidad comunicativa es desplazada por la eficacia estratégica. En este contexto, el deterioro institucional deja de ser un accidente para convertirse en estructura.

Un poder judicial donde los cargos se distribuyen entre parejas de ministros, hijos de ministros, yernos de ministros, parejas de sobrinas de ministros, no es simplemente nepotismo: es la reconfiguración patrimonial del Estado. Es la conversión del espacio público en herencia.

Desde esta comarca, conocemos de historias de universidades creadas para beneficios familiares. Denominaciones sacras, consagradas a todos los Santos, se acuñaron para bautizar a instituciones cuya misión latente —y original— fue garantizar influencias. La asignación de suculentos rubros a fiscales que debían investigar y jueces que debían juzgar resultó una estrategia oportuna y oportunista para gozar de una impunidad cuidadosamente administrada.

En ese gesto —que parece anecdótico— se condensa toda una teoría social: la educación como dispositivo de protección patrimonial, la justicia como extensión del parentesco y la moral pública como máscara de intereses privados. Habermas no habría necesitado más ejemplos.

Su pensamiento, sin embargo, no nace en el vacío. Es heredero de la crítica de Adorno y Horkheimer, quienes ya habían advertido que la Ilustración podía volverse contra sí misma: que la razón instrumental, en lugar de emancipar, podía dominar. Hoy vemos esa inversión con nitidez: conceptos como república, equilibrio de poderes, voluntad popular y racionalidad legal sucumben ante el poder del capital, dispuesto a moldear institucionalidades en función de intereses exclusivamente privados.

La meritocracia que predica el novio juez de la sobrina del senador es tan verosímil como el milagro comercializado por un pastor que utiliza su culto para lavar activos del narcotráfico. Ambos pertenecen al mismo sistema simbólico.

Mientras tanto, el deterioro ambiental avanza como otra forma de refeudalización: territorios entregados a monocultivos que expulsan comunidades, ríos convertidos en vertederos industriales, montañas abiertas como heridas para extraer minerales que no quedan. La lógica del uso y abuso —glotona, extractiva, insaciable— no reconoce límites, ni siquiera los de la salud humana. Allí donde debería haber deliberación pública sobre el destino del territorio, hay contratos, concesiones y silencios.

La esfera pública se vacía; en su lugar, queda la representación.

Habermas insistía en que la legitimidad democrática depende de la calidad del proceso deliberativo. No basta con votar: es necesario discutir, argumentar, justificar. Pero cuando la discusión es sustituida por propaganda, cuando el argumento cede ante el eslogan, cuando la verdad es reemplazada por su simulacro, la democracia se convierte en ritual.

Ritualismo electoral

El mismo que permite que las estructuras permanezcan intactas mientras se renuevan los nombres. El mismo que produce alternancias sin transformación. El mismo que, en última instancia, tranquiliza la conciencia colectiva mientras perpetúa la desigualdad.

La muerte de Habermas no clausura su pensamiento. Lo expone. Nos deja frente a una pregunta incómoda: ¿qué queda de la esfera pública crítica en sociedades donde la palabra ha sido colonizada? Tal vez la respuesta no sea optimista. Pero tampoco es inevitable.

Porque incluso en contextos de refeudalización, subsisten fisuras: espacios donde la palabra aún resiste, donde la crítica no ha sido domesticada, donde la ciudadanía no se resigna a ser audiencia. Esos espacios —frágiles, dispersos, muchas veces invisibles— son el último vestigio de aquello que Habermas defendió.

Y también, quizás, su legado más urgente.

Porque si la esfera pública se pierde del todo, no habrá siquiera lenguaje para nombrar la injusticia.

Y entonces —ya sin palabras, sin crítica, sin comunidad— la refeudalización habrá triunfado definitivamente. Ya no como teoría, sino como destino.

*Juan Carlos Decoud Fernández. Doctor en Derecho Público, investigador en gobernanza ambiental y docente universitario. Trayectoria que combina el análisis jurídico con la comunicación social: ex periodista en ABC Color y ADN, con publicaciones sobre problemáticas ambientales y políticas.

Distinguido con el Premio Nacional de Comunicación en Biodiversidad de la Asociación Guyrá Paraguay con premios en concursos literarios. Con producción académica y ensayística centrada en la relación entre derecho, territorio y esfera pública en América Latina.

Foto de Habermas, proveniente de la Goethe University, Frankfurt

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