
Juan Carlos Decoud*
La democracia se pierde de muchas maneras. Puede desaparecer entre soldados, cárceles, congresos clausurados y elecciones prohibidas. También puede conservar intactas sus instituciones mientras algo menos visible cambia por dentro. Los candidatos hacen campaña, los ciudadanos votan, las autoridades electas asumen sus cargos y cada cierto tiempo se repite el procedimiento. Todo parece funcionar. Hasta que la voluntad del ciudadano adquiere precio.
Platón describió hace casi dos mil cuatrocientos años un mecanismo inquietantemente reconocible. En el libro VIII de La República, mientras explica la degradación de las formas de gobierno, observa la relación que se establece entre los dirigentes y el pueblo en la democracia. Quienes conducen extraen recursos de los que poseen más, distribuyen una parte entre la multitud y reservan para sí la porción mayor. El pueblo recibe así una parte de la miel. De ese vínculo emerge después el protector al que la multitud engrandece. El protector acumula poder, necesita enemigos y reclama una guardia. Finalmente, quien debía proteger al pueblo termina dominándolo[i].
La distancia entre aquella ciudad imaginada por Platón y nuestras democracias obliga a evitar equivalencias fáciles. La prebenda contemporánea y la compra de votos pertenecen a otro tiempo, otras instituciones y otras relaciones económicas. Sin embargo, el mecanismo descrito permite reconocer una antigua vulnerabilidad de la política. El poder puede transformar aquello que pertenece a todos en algo que parece concedido por alguien.
La prebenda completa esa transformación. El medicamento garantizado por un sistema sanitario reaparece como favor. El empleo público pasa de la administración al patrimonio informal de quien puede concederlo. La asistencia, el contrato, el subsidio o el dinero entregado antes de una elección establecen una relación de reciprocidad allí donde debería existir un derecho. El ciudadano recibe como generosidad del poder aquello que, en muchos casos, el propio Estado debía garantizarle.
La política se aproxima entonces al mercado.
Joseph Schumpeter había concebido el método democrático como una competencia entre dirigentes por el voto popular[ii]. Anthony Downs llevó esa lógica más lejos en An Economic Theory of Democracy, publicado en 1957[iii]. Su modelo presenta partidos que compiten por votos y electores que eligen entre ofertas políticas de acuerdo con sus preferencias. De allí surge una formulación especialmente reveladora. Los partidos elaboran políticas para ganar elecciones antes que ganar elecciones para elaborar políticas.
Llevada a sus extremos, esa lógica modifica el lenguaje mismo de la democracia. Aparecen oferta, demanda, segmentación, publicidad, inversión y producto. El candidato se convierte en marca. El programa adquiere las técnicas del posicionamiento. Las encuestas identifican segmentos. La comunicación procura construir preferencias. El ciudadano comienza a parecerse al consumidor. Finalmente, el voto también puede adquirir precio.
La desigualdad económica adquiere entonces una dimensión adicional. Quienes concentran mayores recursos disponen también de mejores condiciones para intervenir en el mercado político, financiar estructuras, ocupar espacios de comunicación y ampliar su capacidad de influencia. En el extremo opuesto, la necesidad económica puede reducir el horizonte de decisión de quien posee formalmente los mismos derechos políticos. La igualdad jurídica convive así con capacidades profundamente desiguales para ejercerla.
Esa contradicción alcanza una de las promesas centrales de la modernidad. La Ilustración colocó la razón individual en el centro de un proyecto emancipador. El liberalismo político convirtió parte de esa aspiración en derechos, límites al poder, igualdad jurídica y ciudadanía. La condición de ciudadano suponía una autonomía incompatible con la antigua condición de súbdito. La voluntad política adquiría valor precisamente porque debía pertenecer a quien la ejercía[iv].
Theodor Adorno y Max Horkheimer observaron el reverso posible de esa promesa en Dialéctica de la Ilustración[v]. Su crítica alcanza el proceso por el cual una razón orientada hacia la emancipación puede reducirse a racionalidad instrumental. El cálculo de los medios termina desplazando la reflexión sobre los fines. La razón que prometía liberar adquiere entonces capacidad para administrar, clasificar y dominar.
Un ciudadano formalmente libre calculando el valor de su voto condensa esa contradicción. Conserva documento de identidad, derechos políticos, papeleta y cuarto oscuro. Conserva incluso la facultad jurídica de elegir. Al mismo tiempo, la necesidad, el clientelismo o el intercambio pueden convertir esa autonomía en una transacción. Aquello que debía permanecer fuera del mercado termina sometido a su unidad de medida y la libertad sobrevive en la forma mientras se debilita en la relación.
La historia también conserva otras maneras de organizar esa relación. Durante las primeras décadas del siglo XX español crecieron sindicatos, asociaciones obreras, ateneos y organizaciones anarcosindicalistas que desarrollaron prácticas de cooperación y participación directa. A partir de 1936, especialmente en Aragón y Cataluña, algunas de esas experiencias alcanzaron dimensiones extraordinarias mediante colectividades agrarias, gestión obrera y formas locales de decisión[vi].
Fueron procesos diversos, atravesados por conflictos y contradicciones. Su interés histórico reside precisamente en su condición de experiencias reales antes que en la construcción posterior de una sociedad ideal. Miles de personas participaron en formas de organización donde producir, administrar y decidir podían convertirse en actividades colectivas. La victoria franquista destruyó buena parte de aquel tejido mediante la derrota militar, la represión política, el exilio y la eliminación de las organizaciones que lo sostenían[vii].
España tampoco había inventado esa posibilidad. La Comuna de París había ensayado en 1871 una reorganización radical del poder municipal[viii]. Diversas comunidades latinoamericanas conservaron instituciones comunales de deliberación y administración colectiva. Experiencias posteriores de cooperativismo, autonomía indígena y organización territorial continuaron mostrando distintas variantes de una misma capacidad humana[ix]. Ninguna constituye una fórmula trasladable mecánicamente al presente. Su valor consiste en recordar que la democracia puede extenderse mucho más allá del acto electoral.
Allí aparece un contraste decisivo. El mercado político relaciona periódicamente a alguien que necesita votos con alguien que necesita algo. La comunidad organizada introduce otra relación. Personas que comparten problemas pueden deliberar, asociarse, cooperar y construir respuestas sin esperar que el vínculo político comience con una oferta desde arriba.
Una democracia necesita también esa trama situada entre el individuo y el Estado. Asociaciones vecinales, cooperativas, sindicatos, organizaciones sociales, centros culturales, comunidades académicas y otras formas de organización permiten ejercer ciudadanía durante los años que separan una elección de la siguiente. En esos espacios se aprende algo difícil de adquirir frente a una urna. La capacidad política también consiste en actuar con otros.
Platón temía que el pueblo terminara entregando un poder desmesurado al protector que repartía la miel. Dos mil cuatrocientos años después, la democracia construyó instituciones que el filósofo ateniense nunca pudo imaginar. Reconoció derechos universales, limitó poderes, amplió la ciudadanía y convirtió el voto en expresión de igualdad política.
Aquella antigua fragilidad sobrevivió a esas conquistas. Una democracia comienza a vaciarse cuando aquello que pertenece al ciudadano regresa convertido en favor, cuando la necesidad condiciona el ejercicio de su libertad y cuando la voluntad política se convierte en objeto de intercambio.
Platón hablaba de una porción de miel. El mercado político aprendió a ponerle precio.
*Doctor en Derecho Público, investigador en gobernanza ambiental y docente universitario. Trayectoria que combina el análisis jurídico con la comunicación social: ex periodista en ABC Color y ADN, con publicaciones sobre problemáticas ambientales y políticas.
Distinguido con el Premio Nacional de Comunicación en Biodiversidad de la Asociación Guyrá Paraguay y con premios en concursos literarios. Con producción académica y ensayística centrada en la relación entre derecho, territorio y esfera pública en América Latina.
[i] Platón, República, libro VIII, 564e-566a, esp. 565a-b
[ii] Joseph A. Schumpeter (1942), Capitalism, Socialism and Democracy, Nueva York, Harper & Brothers, cap. XXII.
[iii] Anthony Downs (1957), An Economic Theory of Democracy, Nueva York, Harper & Row, p. 28.
[iv] Immanuel Kant (1784), “Beantwortung der Frage: Was ist Aufklärung?”. Para la tradición liberal de derechos y límites al poder, véase también John Locke (1689), Two Treatises of Government.
[v] Max Horkheimer y Theodor W. Adorno (1947), Dialektik der Aufklärung [Dialéctica de la Ilustración].
[vi] Julián Casanova (2005), Anarchism, the Republic and Civil War in Spain: 1931-1939, Londres, Routledge; Sam Dolgoff (ed.) (1974), The Anarchist Collectives: Workers’ Self-Management in the Spanish Revolution, 1936-1939, Nueva York, Free Life Editions.
[vii] Julián Casanova (2005), op. cit.; Paul Preston (2012), The Spanish Holocaust: Inquisition and Extermination in Twentieth-Century Spain, Londres, HarperPress.
[viii] Karl Marx (1871), The Civil War in France [La guerra civil en Francia]; Robert Tombs (1999), The Paris Commune 1871, Londres, Longman.
[ix] Sobre autonomía y autogobierno indígena y comunal en América Latina, véase Christopher L. Carter (2025), “A Space for Autonomy: Indigenous Rights in Post-Independence Latin America”, Perspectives on Politics; y Todd A. Eisenstadt (2007), “Usos y Costumbres and Postelectoral Conflicts in Oaxaca, Mexico, 1995-2004”, Latin American Research Review, 42(1), pp. 52-77

