
No escribo estos apuntes de obras teatrales para recordar.
Escribo porque hay memorias que no han terminado de cerrarse.
Vengo de Paraguay.
De un país donde el miedo aprendió a hablar en voz baja,
por cancerberos guardianes del orden,
cual mastines acechantes que avaros nos recordaban
de cuanta infamia era el pan de cada día.
Vengo de un país donde las casas guardaban lo que no podía
decirse afuera de sus muros,
de donde a quienes, como yo,
más de treinta y cinco años de silencio podían habernos
enmudecido la memoria
cuando el llanto que se nos secó ante la primera cachetada.
De un país donde el silencio fue un mandato,
o quedaba de castigo subir a la vuelta de la esquina a la balsa del
barquero Caronte que te arrastraba a las aguas del río
interminable del exilio.
Atravesada por ese tiempo,
en mi lindo país con vista al río Paraguay, conocí el encierro en
Investigaciones
y en la cárcel del Buen Pastor
Desde entonces, entendí que callar nunca fue una elección.
La palabra látigo, la poesía y el teatro
fueron un Ayvu para no morir de sed en el árido desierto del
Paraguay de la dictadura stronista (1954-1989).
El teatro entonces no fue un amante elegido, sino el amor necesario,
imprescindible,
para devolverle al cuerpo algo de la vida que,
la falta de libertades, a mi juventud se le había negado.
Esta trilogía nace entonces de la urgencia de coser los retazos de
tierra y sangre en sus
escenas,
por abrevar el tiempo hasta la última gota,
del dolor y el amor del exilio interior que nos asoló a quienes,
como yo,
nos robaron más de tres décadas de vida plena.
A los de entonces,
solo nos quedó la poesía.
Esta que está ahora en tus manos,
en esta trilogía de teatro y memoria.
Para abrir preguntas,
para renovar recuerdos y buscar más allá de las paredes de cartón
o las farolas de latón.
Un país nuevo que escriba en la piedra la palabra: libertad con
justicia social.
A las dramáticas infamias que cuentan estas historias donde morir
nunca fue sencillo.
Cada una de estas obras toca una herida distinta,
aun cuando todas pertenecen a un mismo cuerpo:
El de los pueblos indígenas, cuya memoria persiste aun cuando se
la quiere borrar.
El de las libertades ciudadanas, tantas, tantas veces, violentadas.
El de las mujeres, que han debido conquistar su voz y rescatar sus
vidas fuera de las cárceles y vejaciones políticas o domésticas,
a que han sido sometidas.
Porque hacer memoria no es un acto inocente.
Es una toma de conciencia, ineluctable de rebeldías.
Estas obras nacieron en la vida y se montaron en escena,
en cuerpos que tiemblan,
en miradas que sostienen,
en silencios que dicen.
Lo que aquí se lee no fue pensado primero como literatura,
sino como experiencia viva.
Por eso, esta trilogía no es solo escritura.
Es huella. Son pisadas que marcan un camino hacia la luz del país del nunca más
Si algo deseo que permanezca después de estas páginas
no es una interpretación,
ni siquiera una emoción.
Es una conciencia.
Que quien lea no pueda salir intacto.
Que algo se desacomode.
Que algo incomode.
Que algo despierte.
Porque hay historias que no piden ser comprendidas, deben ser
representadas.
Memorias que, si no se encarnan, no desaparecen: se repiten.
Escribo, entonces,
no para cerrar el pasado,
sino para ¡nunca más! volver a repetirlas.
Y si estas palabras, estas escenas, logran abrir una sola grieta en el
olvido, dando luces a la memoria de este país, mi país desmemoriado,
entonces la oscuridad —al menos una vez más—
no habrá salido victoriosa.
Raquel Rojas
Introducción del libro “Trilogia de teatro y memoria Del país del Nunca más“
Paraguay 2026
