El principio y el final de la discusión

El principio y el final de la discusión

Juan Carlos Decoud*

Una sociedad democrática comienza a extraviarse cuando la verdad deja de ser una búsqueda compartida y se convierte en propiedad de quien dispone del micrófono, del uniforme o del poder.

Jorge Luis Borges imaginó a dos griegos conversando. Acaso fueran Sócrates y Parménides, aunque convenía no saber sus nombres. No discutían para imponerse ni esperaban la recompensa del aplauso. Podían equivocarse, abundar en falacias y no llegar a ninguna conclusión. Sin embargo, habían descubierto lo que Borges consideró el hecho capital de la Historia: la discusión podía ser un camino —no imposible— hacia una verdad.

El texto, titulado El principio e incluido en Atlas (1984), alude al nacimiento de la filosofía, a ese instante en que en que dos personas suspenden la plegaria y la magia y exponen el pensamiento a la respuesta del otro. No poseen la verdad, pero sí un procedimiento para buscarla. Siglos después, ese procedimiento produjo la ciencia. La duda adquirió reglas públicas y toda conclusión conservó la posibilidad de ser corregida.

En Paraguay, sin embargo, el discurso institucional suele recorrer el camino inverso. Parte de una conclusión, selecciona los indicios que la sostienen y convierte la discrepancia en sospecha. Cuando el argumento no alcanza, examina al interlocutor; cuando tampoco eso basta, insinúa que detrás de la crítica existe una complicidad.

De la discusión regresamos, entonces, a la magia.

Una verdad, no la verdad

Borges elige con precisión el artículo indefinido: los griegos buscan “una verdad”. No la verdad completa, final y propietaria. Esa pequeña palabra contiene una teoría del conocimiento. Pensar es aceptar que incluso nuestras mejores razones pueden ser insuficientes.

Karl Popper llamó a esta actitud racionalismo crítico. Para esta postura, la ciencia avanza mediante conjeturas que deben sobrevivir a intentos serios de refutación. Robert K. Merton describió, a su vez, el escepticismo organizado como norma de la comunidad científica. La duda no es insolencia contra la autoridad, sino obligación del conocimiento.

Por eso, cuando una institución afirma que su versión se basa en “hechos objetivos”, todavía no ha resuelto nada. Un casquillo, un arma o un modo de actuar son datos relevantes; pero identificar a los participantes, el móvil y la estructura organizadora exige inferencias. Llamarlas objetivas no elimina la interpretación.

En un debate televisivo sobre el ataque al puesto policial de Naranjito, el ministro Enrique Riera y el comandante César Silguero defendieron la probable intervención del Ejército del Pueblo Paraguayo. La coincidencia balística ofrece indicios atendibles. El criminólogo Juan Martens planteó una hipótesis complementaria: leer el hecho en la geopolítica criminal de Canindeyú, donde se cruzan grupos armados, drogas, contrabando y posibles protecciones estatales.

Una investigación seria no debería escoger por autoridad. La participación del EPP no excluye otros grupos, un móvil económico o vínculos locales. Tampoco la plausibilidad territorial de una represalia la convierte en hecho probado. La balística no acredita toda la explicación oficial; el relato de campo tampoco equivale a verdad judicial.

Esto pudo haber sido una discusión, pero terminó convirtiéndose en otra cosa.

Del argumento a la persona

Cuando Martens insistió en examinar posibles redes de corrupción policial, la respuesta dejó de concentrarse en su hipótesis. El ministro cuestionó la actividad de los investigadores, sugirió que obtener información de actores del territorio implicaba proximidad con el crimen y atribuyó al académico “reivindicaciones sutiles”, “simpatías” y “antecedentes complicados”.

El desplazamiento fue decisivo. Ya no se discutía qué ocurrió en Naranjito, sino quién formulaba la explicación incómoda. Esa sustitución de la refutación por la descalificación personal se denomina falacia ad hominem. Aristóteles estudió las refutaciones sofísticas y explicó la influencia persuasiva del carácter del orador —el ethos—; pero el ethos no permite concluir que una tesis es falsa porque su autor resulte sospechoso o políticamente incómodo.

Ruth Amossy ha mostrado que la polémica puede cumplir una función democrática al hacer visibles desacuerdos difíciles de conciliar. El problema aparece cuando abandona el objeto discutido e invalida al otro como sujeto autorizado para hablar. La polémica confronta posiciones; el ad hominem reemplaza la posición por una identidad desacreditada.

Entonces el diálogo adopta la lógica de la guerra. Ya no hay un interlocutor al que responder, sino un adversario que debe ser neutralizado. Basta asociarlo con una palabra suficientemente temida.

El poder de insinuar

La asimetría importa. No produce el mismo efecto que un ciudadano cuestione a un ministro y que un ministro vincule a un investigador con un grupo armado. Uno critica desde la esfera pública; el otro habla desde una institución con inteligencia, fuerzas de seguridad y capacidad investigativa.

La insinuación funciona porque no necesita completarse. No acusa con claridad suficiente para tener que probar, pero deja una marca capaz de circular sin pruebas. Si el aludido exige una denuncia, puede retroceder: no habló de delito, apenas de simpatía. Si guarda silencio, la sospecha permanece. Es una retórica que obtiene los beneficios de la acusación sin asumir sus responsabilidades.

Hannah Arendt distinguió la verdad factual de la opinión: las opiniones son plurales, pero necesitan un suelo común de hechos. Destruido ese suelo, ninguna explicación alternativa parece confiable. Jürgen Habermas llamó acción comunicativa al intercambio orientado al entendimiento. En Naranjito, la objeción fue recibida como amenaza y la crítica a ciertos policías, como ataque a toda la institución.

Las tecnologías forenses, los sumarios o las bajas pueden representar avances, pero no refutan la posibilidad de redes corruptas en un territorio específico. Para hacerlo se requieren datos comparables: denuncias, investigaciones, controles patrimoniales, resultados y distribución territorial. Una cifra sin denominador puede impresionar y explicar muy poco.

La duda fabricada

La posverdad no significa simplemente que ahora existan más mentiras. Su novedad reside en la erosión deliberada de criterios comunes para distinguir una afirmación comprobada de una insinuación, una hipótesis o una emoción.

Lee McIntyre la define como subordinación de los hechos a las convicciones políticas. Harry Frankfurt, con tono más inquietante, agregó que el mentiroso reconoce la autoridad de la verdad porque necesita ocultarla; quien habla con indiferencia hacia ella solo se preocupa por el efecto. No pregunta si una afirmación es cierta, sino si resulta útil.

Naomi Oreskes y Erik Conway mostraron en Merchants of Doubt que la duda también puede producirse industrialmente. No era necesario refutar el conocimiento sobre el tabaco o el cambio climático: bastaba exagerar incertidumbres, equiparar posiciones con respaldos desiguales y repetir que “todavía no se sabe”. Robert Proctor llamó agnotología al estudio de esa producción social de ignorancia.

En el discurso institucional paraguayo opera con frecuencia un mecanismo semejante. Frente a una crítica documentada, no siempre aparece una prueba contraria. En su lugar, se multiplican asuntos laterales, cifras sin contexto, lealtades e insinuaciones. Al final, la ciudadanía ya no sabe qué ocurrió, pero recuerda quién parecía sospechoso.

La posverdad no elimina la verdad: la vuelve costosa. Verificar documentos, comparar cifras y distinguir una hipótesis criminológica de una atribución judicial exige un tiempo escaso para una población ocupada en sobrevivir. El consumo acelerado de noticias ofrece fragmentos, indignación y conclusiones listas para compartir. Esa escasez se vuelve desigualdad política porque quien no puede examinar debe confiar; quien controla la versión administra esa confianza.

El regreso de la magia

Borges escribió que aquellos griegos habían olvidado la plegaria y la magia. No porque hubieran dejado de imaginar, sino porque ya no pedían a una fuerza exterior que resolviera aquello que debía someterse al pensamiento.

La magia política contemporánea no necesita dioses. Le basta una palabra ritual: terrorista, cómplice, antipatriota, enemigo. Pronunciada desde el poder, promete resolver la discusión sin profundizar en nada. Si el crítico pertenece al campo de los sospechosos, sus datos ya no requieren respuesta: la persona explica el argumento y el argumento desaparece.

La ciencia pregunta quién obtuvo el dato, cómo, con qué alcance, qué alternativas existen y qué evidencia demostraría el error. No exige neutralidad absoluta, sino transparencia y posibilidad de corrección. Tampoco confunde la reserva de una fuente con complicidad ni la versión oficial con sentencia.

El debate público debería aprender esa modestia. Una autoridad puede defender la hipótesis mejor sustentada y reconocer lo que ignora; separar la institución de sus miembros investigados; responder una crítica sin atribuir intenciones clandestinas. Puede decir “no sabemos aún” sin vivirlo como derrota.

No saber todavía no debilita al Estado. Lo debilita fingir que ya sabe y convertir en enemigo a quien pregunta.

Dos hombres están discutiendo

Podríamos imaginar otra escena. Dos paraguayos conversan en un estudio de televisión. Conviene que sepamos sus nombres porque uno habla desde el poder público y el otro desde la investigación académica. El tema no es abstracto: hay una comunidad atemorizada, instituciones frágiles y un territorio donde distintas violencias disputan el control.

Ambos pueden equivocarse. Sus razones pueden contener falacias y quizá ninguna explicación alcance todavía el final. Eso no es un fracaso. El fracaso comienza cuando uno deja de querer averiguar y empieza a querer vencer.

El principio de Borges no consistía en que dos griegos hubieran encontrado la verdad, sino en que aceptaron buscarla sin destruirse. Comprendieron que la falibilidad del argumento no deshonraba a quien lo formulaba y que la discrepancia no convertía al interlocutor en enemigo.

La diferencia entre una democracia y una maquinaria de propaganda acaso se encuentre allí. En la primera, el poder debe dar razones y tolerar que sean discutidas. En la segunda, ofrece una versión y examina los antecedentes de quien no la acepta.

La filosofía comenzó cuando la discusión reemplazó a la magia. La ciencia avanzó cuando la crítica dejó de ser ofensa y se convirtió en método. La democracia solo puede sostenerse si conserva ambas conquistas.

Cuando una institución responde a las preguntas con sospechas personales, no defiende la verdad. Defiende su privilegio de definirla.

Y cuando eso ocurre, ya no estamos ante el principio de la Historia que imaginó Borges. Estamos, quizá, ante el principio de su cancelación.

*Doctor en Derecho Público, investigador y docente universitario. Ha desarrollado su trabajo en la intersección entre derecho, política, ambiente y comunicación pública, con experiencia como periodista en ABC Color y ADN.

Autor de estudios, ensayos y artículos de opinión sobre gobernanza ambiental, democracia, ética pública, conflictos territoriales y transformaciones sociales en Paraguay y América Latina. Premio Nacional de Comunicación en Biodiversidad de Guyra Paraguay y reconocido en concursos literarios.

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