
Juan Carlos Decoud*
La propuesta de declarar Patria Querida como segundo himno nacional revela una concepción superficial de la cultura, la historia y la función de los símbolos patrios. Se admite su arraigo afectivo en ciertos sectores de la sociedad paraguaya, pero elevar a ese rango una composición construida sobre lugares comunes de la poesía patriótica escolar y militar de comienzos del siglo XX es, cuanto menos, una curiosa rebaja de las exigencias estéticas que cabría esperar de los principales referentes simbólicos de una comunidad.
La letra insiste en tópicos previsibles: juventud redentora, naturaleza idealizada, gloria compartida y sacrificio heroico.
La expresión “volverá tu antigua bienandanza” condensa una estructura ideológica clásica: la idea de una edad dorada perdida que debe ser restaurada por las nuevas generaciones. Tal vez el verso no convierta automáticamente al texto en fascista, pero sí lo aproxima a una retórica ampliamente utilizada por los nacionalismos modernos: decadencia, regeneración y retorno de la grandeza. A ello se suma la exaltación de los “pechos” como “muralla” y de la sangre como “rubí”, imágenes propias de una estética bélica que transforma el sacrificio en decoración épica. Walter Benjamin habría reconocido sin demasiadas dificultades esta conocida estetización de la política a través de la violencia nacionalista.
Desde el punto de vista literario, la poesía ofrece escasa originalidad. Sus imágenes (aurora, cielo azul, honor, gloria, sangre, porvenir) pertenecen a un repertorio cívico muy repetido. Su función resulta escasamente estética y mucho más pedagógica y movilizadora. Su intencionalidad se orienta a reforzar la adhesión emocional a una visión heroica, homogénea y sacrificial de la nación.
La cuestión adquiere mayor interés cuando se advierte que la canción no posee una música concebida en Paraguay; circunstancia que comparte con el propio himno nacional, aunque dos siglos de trayectoria cultural permiten hoy aspirar a criterios de selección algo más exigentes. Diversas referencias señalan que Patria Querida, conocida en sus primeros años como Himno de la Raza, fue escrita por el padre Marcelino Noutz y adaptada sobre la base musical francesa de La Madelon, marcha popularizada durante la Primera Guerra Mundial. Que una obra presentada inicialmente como Himno de la Raza sea propuesta en pleno siglo XXI como candidata a una jerarquía equiparable constituye, por sí mismo, un pequeño homenaje involuntario a la persistencia de ciertos mitos del pasado.
Más revelador aún resulta recordar que la versión primigenia relataba las peripecias amorosas de una cantinera frecuentada por soldados, una trama bastante alejada de Curupayty, la epopeya guerrera y las aspiraciones de grandeza colectiva que luego le fueron superpuestas. La versión francesa, con letra de Louis Bousquet y música de Camille Robert, circuló ampliamente en contextos militares y populares, fue adaptada en diversos idiomas y países —incluyendo España, Inglaterra y, por lo menos, tres sudamericanos— y terminó sirviendo a más de un proyecto político.
Resulta difícil imaginar una trayectoria más cosmopolita para una pieza que hoy se pretende elevar a una condición excepcional dentro del repertorio paraguayo. A propósito, ¿existe algún registro de que Pa’i Noutz haya explicado públicamente la procedencia de la melodía? De no ser por la reconstrucción documental posterior —y por la indiscreción de internet—, difícilmente la audiencia local habría podido distinguir entre autoría y reapropiación, del mismo modo que tampoco lo hicieron los autores de las numerosas versiones españolas, inglesas, peruanas y legionarias derivadas de La Madelon.
Después de todo, la experiencia demuestra que esa estructura melódica logró circular por medio mundo sin que sus sucesivos recreadores parecieran sentirse particularmente obligados a explicar su origen.
Sobre esa composición transnacional se montó luego una letra destinada a paraguayizar un motivo nacido en Europa, dotándole retrospectivamente de una épica ajena a su matriz de partida. Esto muestra cómo los nacionalismos del siglo XX reciclaron partituras, símbolos y fórmulas retóricas para construir imaginarios de pertenencia.
Por ello, la iniciativa impulsada por Alexandra Zena parece menos una reflexión rigurosa sobre el patrimonio cultural paraguayo que un gesto de exaltación simbólica. Antes que declarar un “segundo himno nacional”, el Parlamento debería promover discusiones más serias sobre memoria histórica, diversidad cultural, guaraní, creación contemporánea e investigación artística. Patria Querida no tiene la culpa. Tampoco Marcelino Noutz, que actuó conforme a prácticas de adaptación bastante habituales en su época.
Finalmente, quienes legislan son los parlamentarios que, en ausencia de mejores debates culturales, parecen haber encontrado en una canción de 1914 una inesperada prioridad legislativa para el Paraguay del siglo XXI.
*Doctor en Derecho Público, investigador y docente universitario. Ha desarrollado su trabajo en la intersección entre derecho, política, ambiente y comunicación pública, con experiencia como periodista en ABC Color y ADN.
Autor de estudios, ensayos y artículos de opinión sobre gobernanza ambiental, democracia, ética pública, conflictos territoriales y transformaciones sociales en Paraguay y América Latina. Premio Nacional de Comunicación en Biodiversidad de Guyra Paraguay y reconocido en concursos literarios.
Su producción explora las relaciones entre poder, territorio, cultura y ciudadanía desde una perspectiva interdisciplinaria.

