CUANDO EL AUDITADO CONTROLA LA AUDITORÍA

CUANDO EL AUDITADO CONTROLA LA AUDITORÍA
Derlis O. Gregor, Ing. en Informática, M.Sc. y Ph.D. en Electrónica. Docente e Investigador categorizado Nivel II del CONACYT.

El Tribunal Superior de Justicia Electoral (TSJE) atraviesa probablemente la peor crisis de credibilidad técnica desde la implementación de las Máquinas de Votación en Paraguay. Y lo más grave es que dicha crisis no nace de una “campaña para enturbiar el proceso electoral”, como intenta instalar institucionalmente el propio TSJE, sino de algo mucho más simple y mucho más peligroso: los hechos documentados ya no coinciden con el relato oficial.

Durante meses, desde la autoridad electoral se insistió en repetir que las Máquinas de Votación fueron “auditadas”, que el proceso fue “transparente” y que todas las organizaciones políticas tuvieron posibilidad de control. Sin embargo, a medida que se acerca el proceso interno de los partidos, empiezan a aparecer reclamos provenientes incluso de sectores tradicionales del sistema político —ANR, PLRA y otros movimientos internos— que ahora exigen nuevas auditorías, suspensión de procedimientos y revisión integral del sistema. Y eso ocurre porque lentamente comienza a emerger una verdad incómoda: lo realizado entre el 2 y el 27 de febrero de 2026 nunca fue una auditoría real.

Fue otra cosa.

Fue una demostración guiada, controlada y administrada por el propio auditado.

Y esa diferencia cambia absolutamente todo.

En cualquier sistema serio del mundo, una auditoría independiente implica que el equipo auditor pueda definir qué revisar, cómo revisarlo, qué herramientas utilizar, qué pruebas repetir y hasta dónde profundizar. La esencia misma de una auditoría es la independencia metodológica y procedimental. Sin ella, el proceso pierde validez técnica.

Pero eso jamás ocurrió en el TSJE.

Cada prueba debía solicitarse previamente mediante formularios. Los escenarios eran definidos por la propia autoridad electoral y la empresa adjudicada. No se permitió el uso libre de herramientas técnicas independientes. No se entregaron registros audiovisuales completos. No se labraron actas diarias. No se brindó documentación integral del sistema. No se permitió el ingreso de equipos propios. Las respuestas formales a los requerimientos técnicos simplemente nunca llegaron.

Es decir: el supuesto “auditado” decidió qué podía auditarse.

Y cuando el auditado controla el alcance, la metodología y las condiciones de prueba, ya no existe auditoría. Existe únicamente una representación controlada de transparencia.

Lo más alarmante es que todo esto quedó documentado formalmente mediante múltiples notas presentadas por representantes técnicos acreditados ante el propio TSJE.

No estamos hablando de rumores.

No estamos hablando de especulación política.

Estamos hablando de constancias escritas, solicitudes formales ignoradas y observaciones técnicas concretas.

Y entre esas observaciones aparece una que por sí sola debería haber encendido todas las alarmas institucionales del país: durante las jornadas técnicas se informó verbalmente que el usuario root operaba sin contraseña.

Cualquier profesional serio en seguridad informática comprende inmediatamente la gravedad de esa afirmación. En sistemas críticos, el control de privilegios es uno de los pilares elementales de trazabilidad y seguridad operativa. Si no existe control estricto de accesos privilegiados, la posibilidad de reconstruir responsabilidades, verificar integridad o garantizar independencia técnica se vuelve prácticamente imposible.

Pero lejos de profundizar esas observaciones, el TSJE optó por otro camino: minimizar, desacreditar y politizar los cuestionamientos.

Ese fue su gran error.

Porque mientras intentaban instalar públicamente que quienes advertíamos problemas éramos “alarmistas” o “enemigos de la democracia”, el tiempo empezó a dar la razón exactamente a las advertencias técnicas realizadas en febrero.

Hoy incluso sectores internos del oficialismo y de la oposición comienzan a reclamar nuevas auditorías. Dirigentes que hace apenas semanas guardaban silencio ahora reconocen públicamente que el proceso debió realizarse correctamente en febrero y no bajo las condiciones restrictivas impuestas por el TSJE. Lo que antes intentaban presentar como “teorías conspirativas” empieza lentamente a convertirse en preocupación transversal del sistema político.

Y hay una razón simple para eso: la ciudadanía empieza a comprender que el problema nunca fue únicamente la máquina.

El verdadero problema es todo lo que no se permitió revisar alrededor de ella.

Porque el ciudadano imagina que el riesgo consiste en que “la máquina cambie el voto”. Pero los sistemas electorales modernos son muchísimo más complejos. El verdadero riesgo puede encontrarse en la administración del software, en la cadena de custodia, en los privilegios del sistema, en los accesos físicos, en la trazabilidad de dispositivos USB, en la posibilidad de ejecutar procesos no verificables o, peor aún, en la imposibilidad técnica de demostrar independientemente que nada de eso ocurrió.

Ese es el punto que el TSJE intenta evitar sistemáticamente. La democracia no se sostiene sobre confianza institucional ciega, se sostiene sobre verificabilidad.

Y un sistema electoral que no puede ser auditado independientemente deja de ser plenamente verificable.

Por eso resulta particularmente grave que, paralelamente a todas estas inconsistencias técnicas, la propia Dirección Nacional de Contrataciones Públicas (DNCP), haya admitido observaciones relevantes dentro del procedimiento licitatorio, incluyendo elementos que permiten presumir direccionamiento en el Pliego de Bases y Condiciones (PBC). Allí el escenario deja de ser solamente tecnológico y pasa a convertirse en un problema institucional de dimensiones mucho mayores.

Porque entonces surge inevitablemente la pregunta que el TSJE intenta esquivar:

¿El proceso fue diseñado para permitir control independiente… o para administrarlo?

La diferencia es brutal, y el país merece hacerse esa pregunta antes de volver a votar.

Durante meses se intentó instalar la idea de que cuestionar el sistema equivalía a atacar la democracia. Eso es falso. En realidad, ocurre exactamente lo contrario: exigir auditorías reales es probablemente el acto más democrático posible cuando se trata de sistemas electorales críticos.

Porque las democracias serias no temen auditorías independientes: Las necesitan. Las fomentan. Las garantizan.

Solo los sistemas inseguros necesitan reemplazar evidencia técnica por discursos institucionales.

Y allí es donde el TSJE empieza a perder el control del relato público. Porque cuanto más intentan responder políticamente a cuestionamientos técnicos, más evidente se vuelve la ausencia de respuestas verificables.

Las máquinas no se legitiman con comunicados, se legitiman permitiendo inspección real.

No basta con decir “el sistema funciona”.

Hay que poder demostrarlo técnicamente, bajo condiciones independientes y sin restricciones impuestas por quien está siendo examinado.

Eso nunca ocurrió en Paraguay.

Y esa es la verdadera discusión de fondo.

No estamos debatiendo simplemente tecnología electoral. Estamos debatiendo si el sistema democrático paraguayo aceptará normalizar procesos donde el propio auditado decide qué puede auditarse y qué no.

Porque si eso ocurre, entonces la auditoría deja de existir y pasa a convertirse en una puesta en escena institucional.

Y una democracia no puede sostenerse indefinidamente sobre escenografías de transparencia.

Tarde o temprano, la realidad técnica termina alcanzando al relato político.

Y eso es exactamente lo que hoy está ocurriendo.

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