La fábrica de los Hernán Rivas

La fábrica de los Hernán Rivas

Juan Carlos Decoud*

La mediatización de la política suele simplificar las raíces de las injusticias bajo la humareda de la indignación colectiva. Frente a la tendencia a interpretar el caso de Hernán Rivas como una anomalía aislada o como un accidente excepcional dentro de la educación paraguaya, conviene advertir que se trata, más bien, de un síntoma: una condensación visible de prácticas, omisiones y complicidades que desde hace décadas erosionan el sentido mismo de la formación universitaria. El revuelo en torno a un título cuya legitimidad resulta incompatible con el nivel de desempeño lingüístico y conceptual exhibido públicamente por Rivas interpela mucho más que a una persona. Expone, sobre todo, a una estructura institucional que naturalizó el vaciamiento académico mientras conservaba intactas sus ceremonias de prestigio.

Diversas teorías del aprendizaje, aun provenientes de tradiciones doctrinarias opuestas, coinciden en un punto elemental: aprender implica una transformación verificable del sujeto. Desde el conductismo de B. F. Skinner, que entendía el aprendizaje como modificación relativamente estable de la conducta a partir de la experiencia, hasta los aportes cognitivos de Jean Piaget, quien lo concebía como reorganización de estructuras mentales, o las perspectivas humanistas de Carl Rogers, centradas en la voluntad y la significatividad de la experiencia, persiste una idea común: nadie aprende sin que ello deje huellas observables en su manera de comprender, expresarse y actuar. Incluso autores que desplazaron el foco hacia las dimensiones sociales y culturales del aprendizaje, como Lev Vygotski o Paulo Freire, jamás disolvieron al sujeto en la estructura; por el contrario, mostraron cómo la conciencia se configura mediante la interacción con otros, mediada por el lenguaje, la cultura y las condiciones históricas. El aprendizaje acontece socialmente, pero se materializa en una experiencia singular.

Por eso el caso Rivas resulta tan revelador. Mucho antes de cualquier peritaje sobre certificados o registros administrativos, ya existían indicios ostensibles de una trayectoria académica fallida. La lectura vacilante, la imposibilidad de articular ideas con mínima precisión conceptual, la pobreza léxica y la dificultad para construir razonamientos coherentes exceden ampliamente los defectos de oratoria. Constituyen señales de una experiencia educativa profundamente deficiente. El lenguaje representa una de las primeras materializaciones del aprendizaje complejo: en él convergen comprensión, abstracción, capacidad argumentativa y apropiación simbólica del mundo. Años de lectura, discusión y escritura dejan marcas. Sus ausencias también.

Lo verdaderamente inquietante no radica únicamente en que Hernán Rivas haya alcanzado espacios de poder, sino en que docentes, autoridades universitarias, ministros de Corte y referentes académicos que integraban junto con él el Jurado de Enjuiciamiento de Magistrados lo hayan legitimado hasta elevarlo a su presidencia. Cuesta creer que todos ellos hayan necesitado recién un episodio mediático para advertir algo que se manifestaba públicamente desde hacía años. Pretender densidad teórica quizá habría sido excesivo; bastaba con esperar una sintaxis capaz de sostener una subordinada sin derrumbarse.

Sin embargo, reducir el problema a la figura caricaturesca de Rivas funciona también como mecanismo de alivio colectivo. El “caso” permite personalizar la decadencia y desplazar interrogantes más incómodos. Cabe preguntarse cuántos docentes universitarios ocupan cátedras sin haber plasmado jamás una idea original por escrito; cuántas autoridades académicas participaron seriamente alguna vez en espacios científicos arbitrados; y cuántas instituciones continúan utilizando la investigación y la extensión como ornamentos burocráticos mientras premian obediencias políticas, rituales protocolares y lealtades corporativas. Bajo apariencias solemnes y gestualidades de autoridad sobreviven discursos intelectualmente indigentes, sostenidos por fórmulas repetidas mecánicamente hasta vaciarse de sentido y convertirse, finalmente, en coartadas del propio empobrecimiento académico.

La universidad latinoamericana nacida de la Reforma de Córdoba concebía la docencia, la investigación y la extensión como dimensiones inseparables de una comunidad intelectualmente activa. Gran parte de la universidad paraguaya contemporánea, en cambio, parece haber sustituido esa tradición por una lógica administrativa donde importa más la conservación de cuotas de poder que la producción de conocimiento. En ese escenario, el título deja de representar un proceso formativo y pasa a funcionar como mercancía simbólica: un certificado útil para acceder a influencias, jerarquías y cargos. La retórica institucional se llena entonces de consignas vacías, burocracias corporativas y prestigios aparentes que reemplazan al pensamiento crítico y la producción intelectual genuina.

Precisamente allí aparece otra contradicción. Muchos de los cuestionamientos dirigidos contra Rivas contienen críticas legítimas, aunque también reproducen prejuicios provenientes del mismo sistema que hizo posible su ascenso. El escrache cumple, en sociedades profundamente desiguales e impunes, una función de exposición que a menudo sustituye a instituciones incapaces de sanearse a sí mismas. Sin escrache, numerosas corrupciones jamás abandonarían el terreno del rumor. Sin embargo, la legitimidad del señalamiento no inmuniza automáticamente contra la mezquindad o el prejuicio.

Cuando una reconocida abogada descalifica a Rivas por provenir de la “Campaña Rugua”, lo que emerge, en lugar de una crítica académica, es una vieja matriz elitista que asocia ruralidad con ignorancia y urbanidad con mérito intelectual. La corrupción no posee geografía moral. El analfabetismo funcional tampoco. La idea de que la universidad y los espacios de poder pertenecen naturalmente a sectores urbanos y acomodados constituye una de las expresiones más persistentes de la desigualdad paraguaya. Resulta paradójico que semejante prejuicio sea enunciado precisamente desde ámbitos que luego se escandalizan por la degradación universitaria.

Los Hernán Rivas, finalmente, no aparecen al margen del sistema: son una de sus producciones más coherentes. Emergen de instituciones donde el facilismo reemplaza al estudio, donde la obediencia partidaria vale más que la investigación, donde la retórica suplanta al pensamiento y donde amplios sectores académicos prefieren preservar apariencias antes que discutir seriamente la calidad de la formación que imparten. Cambiar el nombre del escrachado no resolverá nada. Mientras persistan las mismas estructuras de mediocridad, clientelismo y simulación intelectual, seguirán apareciendo nuevos Hernán Rivas: más urbanos o más rurales, más refinados o más grotescos, pero siempre funcionales a una universidad reducida a mecanismo de legitimación del poder antes que a espacio de producción crítica del conocimiento.

*Doctor en Derecho Público, investigador en gobernanza ambiental y docente universitario. Trayectoria que combina el análisis jurídico con la comunicación social: ex periodista en ABC Color y ADN, con publicaciones sobre problemáticas ambientales y políticas.

Distinguido con el Premio Nacional de Comunicación en Biodiversidad de la Asociación Guyrá Paraguay y con premios en concursos literarios. Con producción académica y ensayística centrada en la relación entre derecho, territorio y esfera pública en América Latina.

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